Puerto Pirámides en 2010, vista desde el mirador en la ruta de acceso.
Llegué a Puerto Pirámides con las espectativas de un nuevo experimento, un nuevo viaje arqueológico a mi era mas emotiva.
La carga emocional de Pirámides es muy fuerte, porque fue la Meca de un credo al que nos convertimos en base a una convicción afirmada en lo emotivo. Pirámides era nuestro paraíso de tamariscos en donde mejor se armaba una carpa, en donde mejor sonaba la música. Sólo Pirámides ofrecía la mística de sus playas oscuras en la noche para el ritual del fogón, que reunía fieles espontáneos surgidos de entre los tamariscos para cantar canciones, preferentemente “de protesta”. Pretender la “protesta” como género musical suena hoy tan grotesco como pensar en llevar detenido a alguien sólo por cantar una canción. Pero ocurrió así. La recompensa por los tonos y un cantar suficientemente afinado, que permitiera reconocer una canción de, Silvio Rodríguez por ejemplo, todavía podía ser causal de excursión a la comisaría de Pirámides en 1983. Esto que ocurrió efectivamente, paso a engrosar la leyenda de nuestro santuario en el libro sagrado.
Ocurre que Pirámides tiene una belleza natural encantadora, escondida, sensual, que no se descubre sino hasta que uno se adentra a su bahía. Un tesoro guardado en su cofre. La alhaja preciosa es una playa lacia como ninguna, enmarcada entre dos extremidades que se abren para ofrecerla sugestivamente, Punta Pardelas y Punta Pirámides. Su cuerpo es suave y delicado; una arena fina y plácida se amontona con generosidad en sus médanos. El mar es tibio y acogedor, dócil y sereno. En la punta en donde estaba el puerto, el mar muestra su nobleza transparente y su joyería de cardúmenes que atraen a los pinguinos y gaviotas. Acampar en Pirámides es acomodarse dentro de este paraíso, protegido en el monte de tamariscos, con la compañía del mar y la playa en un ambiente contíguo separado sólo por una duna.
Pirámides y su atmósfera provocan la fascinación, la idealización como lugar sagrado. Pirámides cautiva y atrapa con su personalidad y su belleza única.
Y esta belleza existe todavía, fascinante como cuando la conocí.
Llegué a Puerto Pirámides con las espectativas de un nuevo experimento, un nuevo viaje arqueológico a mi era mas emotiva.
La carga emocional de Pirámides es muy fuerte, porque fue la Meca de un credo al que nos convertimos en base a una convicción afirmada en lo emotivo. Pirámides era nuestro paraíso de tamariscos en donde mejor se armaba una carpa, en donde mejor sonaba la música. Sólo Pirámides ofrecía la mística de sus playas oscuras en la noche para el ritual del fogón, que reunía fieles espontáneos surgidos de entre los tamariscos para cantar canciones, preferentemente “de protesta”. Pretender la “protesta” como género musical suena hoy tan grotesco como pensar en llevar detenido a alguien sólo por cantar una canción. Pero ocurrió así. La recompensa por los tonos y un cantar suficientemente afinado, que permitiera reconocer una canción de, Silvio Rodríguez por ejemplo, todavía podía ser causal de excursión a la comisaría de Pirámides en 1983. Esto que ocurrió efectivamente, paso a engrosar la leyenda de nuestro santuario en el libro sagrado.
Ocurre que Pirámides tiene una belleza natural encantadora, escondida, sensual, que no se descubre sino hasta que uno se adentra a su bahía. Un tesoro guardado en su cofre. La alhaja preciosa es una playa lacia como ninguna, enmarcada entre dos extremidades que se abren para ofrecerla sugestivamente, Punta Pardelas y Punta Pirámides. Su cuerpo es suave y delicado; una arena fina y plácida se amontona con generosidad en sus médanos. El mar es tibio y acogedor, dócil y sereno. En la punta en donde estaba el puerto, el mar muestra su nobleza transparente y su joyería de cardúmenes que atraen a los pinguinos y gaviotas. Acampar en Pirámides es acomodarse dentro de este paraíso, protegido en el monte de tamariscos, con la compañía del mar y la playa en un ambiente contíguo separado sólo por una duna.
Pirámides y su atmósfera provocan la fascinación, la idealización como lugar sagrado. Pirámides cautiva y atrapa con su personalidad y su belleza única.
Y esta belleza existe todavía, fascinante como cuando la conocí.
Pero fuera de la zona erógena de Pirámides, que son su mar, y su bahía de playa y dunas, la parte alta de sus calles muestra floreciente el intento humano por replicar la belleza. Un poblado que sigue siendo pintoresco, a pesar del progreso que llevó telefonía celular y antenas parabólicas para ventas con posnet, internet y cajero automático. El negocio del avistaje y el poder de fuego del turismo extranjero también son una amenaza. Cinco operadores de avistaje de ballenas, que compiten por el tamaño de sus embarcaciones, y un hotel de categoría sobre la playa, desentonan con la atmósfera de la aldea mágica. Pero la intención de preservar y cultivar esa atmósfera sigue siendo un objetivo de la mayoría.

Vista de la bajada ppal. a la playa. El nuevo Hydro Sport del gordo Mariano esta ahora en esta bajada, y cedió su antiguo lugar y logo a otro operador. Regalos y Souvenir para turismo extranjero, satelital, como los cajeros automáticos móviles (click para ampliar).
El contraste con el pueblo que conocimos hace 27 años se debe sobre todo a la tecnología y los servicios, como la luz eléctrica. Por entonces había luz sólo unas horas de mañana y sólo unas horas de noche. Por este motivo las carnicerías no tenían heladeras, y vendían solo, a temperatura ambiente, carne de capón. Esta limitación no impedía la realización de avezadas especialidades “gourmet” para el menú mochilero, como el “guisasco de capón”, un lujo no para todos los días. Los almacenes “Menfita”, “El cristal de Lázari” y “La Araña Biónica” nos proveían de víveres. El único sobreviviente fue la araña, gracias tal vez a sus dotes cibernéticas. “La araña biónica” hoy día tiene carne de ternera y acepta Visa Electrón. Uno que no sobrevivió y ya no está es el hotel flotante Guayra. La noticia de su desaparición ya es una rareza histórica; se perdió consumido por las llamas en mayo de 1984, pocos meses después de mi última visita. Y los restos del trencito salinero han sido trasladados desde su antiguo lecho cercano a los piletones, hasta una plaza alusiva en la calle principal. Al exclusivo comedor-restaurant “El Salmón” ( era el único en 1984) tampoco lo pude encontrar ya; hoy hay varias otras opciones.

El trencito en la calle principal : Av. de las Ballenas. Toda la onda en un restaurant de la aldea. La informática se infiltró en un Almacén computarizado. El reencuentro con la nueva Araña Biónica Satelital me pegó fuerte (click para ampliar).
El camping está muy podado, la exhuberancia de su monte de tamariscos y los intrincados pasadisos por donde evasivos mochileros huían a la hora del cobrador, ya no existe mas. A fuerza de motosierra y motoniveladora han talado la antigua espesura , como en un coiffeur de seccional. El camping consiste hoy en dos calles principales rectas y planas entre tamariscos; las carpas se acomodan como frentistas a estas calles. Las instalaciones tampoco dan la excusa ya para antiguas licencias de higiene personal por la escases de agua dulce; una caldera a fuel oil provee agua caliente todos los días durante cuatro horas.
El camping está muy podado, la exhuberancia de su monte de tamariscos y los intrincados pasadisos por donde evasivos mochileros huían a la hora del cobrador, ya no existe mas. A fuerza de motosierra y motoniveladora han talado la antigua espesura , como en un coiffeur de seccional. El camping consiste hoy en dos calles principales rectas y planas entre tamariscos; las carpas se acomodan como frentistas a estas calles. Las instalaciones tampoco dan la excusa ya para antiguas licencias de higiene personal por la escases de agua dulce; una caldera a fuel oil provee agua caliente todos los días durante cuatro horas.

La calle del camping mas cercana a la playa, vista hacia los dos lados. Bajo el influjo de la energía mística de las Pirámides (click para ampliar).
Pero a pesar de todos los cambios en estos 26 años, que eran de esperar, la belleza y el halo místico de Pirámides no pueden ser confundidos con los de otro lugar. No cabe duda que fue acá en donde tuve mis mayores erupciones emocionales, y la hipersensibilidad adictiva. Y luego de eso, la gran incógnita personal, sobre qué fue lo que pasó exactamente conmigo aquel verano mochilero que conocí “el sur”. Fue un viaje que cambió mi vida y la de muchos que estuvieron ahí y entonces. Estoy bastante seguro que hasta el día de hoy mantenemos esos recuerdos entre los de las mejores cosas que nos pasaron en la vida. A esta altura vale la pena repetir que ni teníamos ni necesitabamos keta, bicho, pepa, porro, merca ni ningún otro estimulante, la euforia era pura química interna. Ni siquiera alcohol, apenas dos o tres fumaban, o sea que podemos estar seguros que hubo “otra cosa”. Esa “otra cosa” fue la que construyó nuestro mito del “Sur”, la gran incógnita como clave de una supuesta felicidad durable, natural y sustentable, que podría en mis suposiciones ser un camino de vida.
La mejor explicación que pude conseguir en todos estos años fue la del efecto “shock”, un fuerte impacto emocional. No era para menos, Por primera vez tan sólo y tan lejos de casa, durante un mes con los muchachos de la tercera. Nunca antes tan flaco, ni tan negro, ni tan largo el pelo. Nunca antes tan libre, para hacer casi lo que quisiera, pero también para cuidarme solo. Un transplante brutal desde mi pequeño mundo conocido a otro mundo fantástico de belleza fascinante, para disfrutar el aquí y el ahora. Era la realización material del ”living for today”, el sueño del maestro John en “Imagine”. Dormirse y que el último pensamiento de la noche sea la noche misma, su cielo y su oscuridad cantada con olas. Y que el primer pensamiento de la mañana sea la luz del día y el sol que calienta la carpa, llamando a pensar que podemos inventar para el desayuno. Todo el día para vivirlo descubriendo lugares, nuevas gentes, nuevas experiencias y nuevas aventuras que cumplíamos o tan sólo soñábamos con los muchachos de la tercera. El tiempo , un elástico deformable como los relojes de Dalí, nunca era tarde para nada. Fue todo un aprendizaje emocional, inolvidable, el de la libertad y la plenitud sin posesiones.
Pero este regreso después de tantos años me hizo tomar conciencia de otras cosas.
La mejor explicación que pude conseguir en todos estos años fue la del efecto “shock”, un fuerte impacto emocional. No era para menos, Por primera vez tan sólo y tan lejos de casa, durante un mes con los muchachos de la tercera. Nunca antes tan flaco, ni tan negro, ni tan largo el pelo. Nunca antes tan libre, para hacer casi lo que quisiera, pero también para cuidarme solo. Un transplante brutal desde mi pequeño mundo conocido a otro mundo fantástico de belleza fascinante, para disfrutar el aquí y el ahora. Era la realización material del ”living for today”, el sueño del maestro John en “Imagine”. Dormirse y que el último pensamiento de la noche sea la noche misma, su cielo y su oscuridad cantada con olas. Y que el primer pensamiento de la mañana sea la luz del día y el sol que calienta la carpa, llamando a pensar que podemos inventar para el desayuno. Todo el día para vivirlo descubriendo lugares, nuevas gentes, nuevas experiencias y nuevas aventuras que cumplíamos o tan sólo soñábamos con los muchachos de la tercera. El tiempo , un elástico deformable como los relojes de Dalí, nunca era tarde para nada. Fue todo un aprendizaje emocional, inolvidable, el de la libertad y la plenitud sin posesiones.
Pero este regreso después de tantos años me hizo tomar conciencia de otras cosas.
Vista de la playa desde el costado del viejo puerto (click para ampliar).
Llegué en Febrero, cuando empiezan a escasear visitantes, por suerte. Pirámides me recibió con una siesta soleada y hasta música de los viejos Redondos en el primer bar al que entré. Su belleza radiante desplegada para ayudarme en mi evocación.
Mi reencuentro con Pirámides fue emocional, pero también físico. Todos mis sentidos reconocieron inmediatamente el lenguaje instintivo de la naturaleza viva en Pirámides, creo que ellos retomaron el antiguo diálogo, antes de que yo pudiera darme cuenta. Haber entrado a la aldea fue un como un baño de paz, como un bálsamo rejuvenecedor de esos que hacen dar gracias de estar vivo. Y esto empezó a activar lentamente mis reflexiones. Con la mente en paz, y sin los narcóticos depresivos de la nostalgia, empecé a notar el estímulo de la naturaleza en mis sentidos, ese que causa alegría. Porque Pirámides te invita a descalzarte, para masajearte los pies con delicadeza. Después te convence a que te saques la ropa, así sus médanos pueden acariciarte la espalda. Y luego el mar te llama para que entres y salgas cuantas veces quieras, para recibir la noche en la arena, para quedarte a dormir con su playa.
Después, del otro lado del monte, sentí el llamado de un túnel entre los tamariscos que trepaba la duna para sacarme de nuevo a la playa. Sentí esa complicidad amable que mi cuerpo pareció reconocer, y el regocijo casi infantil al emprender la trepada, pedaleando la arena fina que no me hacía avanzar, como queriendo retenerme, ahí con ella, dentro del túnel. En ese momento me llegó como un fogonozo el recuerdo sensorial, nítido, pleno y vívido de la conexión con mi cuerpo y con mi piel. Como un flash, sentí el estremecimiento y la alegría salvaje en mi carne, la misma que sentía cuando años atrás trepaba con excitación en patas y cueros ese médano para ganar jubiloso la playa, como un niño que corre frenético para salir a jugar a la calle. Esto que me pasó, aunque fugaz, me dejó pensando. El olor de los tamariscos, único e inconfundible, estaba presente.
Mi reencuentro con Pirámides fue emocional, pero también físico. Todos mis sentidos reconocieron inmediatamente el lenguaje instintivo de la naturaleza viva en Pirámides, creo que ellos retomaron el antiguo diálogo, antes de que yo pudiera darme cuenta. Haber entrado a la aldea fue un como un baño de paz, como un bálsamo rejuvenecedor de esos que hacen dar gracias de estar vivo. Y esto empezó a activar lentamente mis reflexiones. Con la mente en paz, y sin los narcóticos depresivos de la nostalgia, empecé a notar el estímulo de la naturaleza en mis sentidos, ese que causa alegría. Porque Pirámides te invita a descalzarte, para masajearte los pies con delicadeza. Después te convence a que te saques la ropa, así sus médanos pueden acariciarte la espalda. Y luego el mar te llama para que entres y salgas cuantas veces quieras, para recibir la noche en la arena, para quedarte a dormir con su playa.
Después, del otro lado del monte, sentí el llamado de un túnel entre los tamariscos que trepaba la duna para sacarme de nuevo a la playa. Sentí esa complicidad amable que mi cuerpo pareció reconocer, y el regocijo casi infantil al emprender la trepada, pedaleando la arena fina que no me hacía avanzar, como queriendo retenerme, ahí con ella, dentro del túnel. En ese momento me llegó como un fogonozo el recuerdo sensorial, nítido, pleno y vívido de la conexión con mi cuerpo y con mi piel. Como un flash, sentí el estremecimiento y la alegría salvaje en mi carne, la misma que sentía cuando años atrás trepaba con excitación en patas y cueros ese médano para ganar jubiloso la playa, como un niño que corre frenético para salir a jugar a la calle. Esto que me pasó, aunque fugaz, me dejó pensando. El olor de los tamariscos, único e inconfundible, estaba presente.
Y fue acá que me acordé de algo que leí de Guillermo E. Hudson, no hace mucho. Hudson fue un genio Argentino, que se convirtió en el primer naturalista de nuestras pampas con gauchos, mucho antes de que llegue la primera corriente inmigratoria. Hudson observó que los niños pequeños siempre se exitaban al llegar a la orilla de un arroyo cercano a su rancho, y llegó a la conclusión de que ese frenesí surje de los estímulos sensoriales del olfato con la tierra húmeda. Y el olfato, además, es un sentido que se va perdiendo con los años...
Entonces me puse a pensar en toda aquella alegría que me provocaba el sólo hecho de estar aquí y respirar este aire. En eso que pasa entre nuestro cuerpo y este lugar, sin necesidad de otras personas, o sea en los estímulos sensoriales. Es algo que ocurrió sin que me dé cuenta, y que dejó marcas indelebles en la memoria de mi cuerpo, o sea en registros que no puedo llamar con el recuerdo de mi mente. La piel curtida de sal y arena, dormir a la intemperie en una duna, los olores a mar y sus frutos esparcidos en la costa, el olor de los tamariscos, caminar sobre las rocas con mejillones o pisar las playas de ripio. Capítulo aparte para la música que cantábamos, fijada para siempre con este espacio y ese tiempo. Y esto es solo mencionar las que recuerda mi mente, no podría nunca imaginar todas las que recuerda mi cuerpo. Tal vez toda aquella alegría e intensidad, se alimentaba también de mi aprendizaje sensorial. Y por eso cada una de las cosas que me ocurrieron en el sur, aún insignificantes, me dejó una marca placentera, un registro intenso, sólo por ser la primera vez que lo percibía. Pero aunque así no fuera, puedo por lo menos estar seguro de que mi cuerpo aprendió en Pirámides sensaciones que demuestran que la vida es bella, sólo con descubrir y contactar la naturaleza. Y que voy a llevar por siempre a Pirámides pegado en mi cuerpo.
Y aunque decidí hace años dejar el “nunca jamás” para no ser un Peter Pan, la verdad, mi corazón siguió extrañando el fuego. Tal vez ya no el verano del 83, sino su calor. Pero aún si pudiera en esa búsqueda de la felicidad volver atrás el tiempo y acomodar el mundo para que todo se repita , aún así , faltaría los mas importante. Faltaría borrar todo lo aprendido, volver a estar casi en blanco, con mi corazón aprendiz, mi alma de novato y mis ganas de descubrir el mundo. Sólo así podría volver a delirar de felicidad desbordando mis sentidos con tamaño aprendizaje emocional y sensorial. Es decir, debiera volver a nacer, para poder pasar nuevamente por esa instancia de mi vida . Creo que recién ahora lo entiendo tan claramente.
En ese sentido, hasta el lugar podría haber sido otro, y no necesariamente el Sur. Pero esto ya no me importa. Los astros, el horóscopo, mi destino o la tercera me pusieron a mi en el sur y en Puerto Pirámides, y este fue y será por siempre mi lugar, mi aldea mágica, mi santuario, el rincón al que siempre voy a volver para burlarme de la poesía cruel, y pensar mas en mí. Y además tengo todavía la alegría de poder ver vivo a este paraíso, porque yo pude seguir adelante, igual que su magia y su encanto que también siguieron, para que otros chicos puedan tener hoy su verano del 2010, por suerte (“Gracias Universo”, cartel anónimo encontrado en los piletones naturales de Pirámides, fechado febrero 2010).
Agradecimientos : Gracias a mi mujer, que quiso venir a ver que carajo tenía yo con el sur, a Vialidad de Chubut, a los playeros de las estaciones de servicio y a los guardafaunas de la Península de Valdez, a la Tía Alicia y almacén La Comarca de Pirámides, al gobernador Das Neves y a toda la gente de Chubut, un lujo de provincia. Gracias a la anchoita austral, al pingüino de Magallanes, al lobito de un pelo y sobre todo a la ballena franca que me va a hacer volver, espero que pronto.
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