
Hay un buen toco de fotos que claman aún por salir de nuevo al ruedo, después de 24 años. Son las fotos del “Sur”, que a diferencia de las otras fotos parecieran ser más cercanas; tal vez porque son las que más repasamos en todos estos años. Y las alegrías a las que nos remiten, las que más hemos buscado para endulzar nuestros recuerdos. Pero el contraste con el presente es insalvable, aquel paisaje parece hoy irreal. No es honesto en mí pretender negar que tiempos pasados fueron mejores, al menos cuando hablamos del Sur. Es inevitablemente nostalgia por esa época, pero también por aquellas

ilusiones vencidas, por aquel país que no fue. Nuestra historia personal y la perspectiva de nuestros recuerdos están obviamente modeladas por nuestra historia como Argentinos. No sólo el recuerdo propio, también se me hace cándido hoy el recuerdo de aquel país con trenes y cifras de desempleo de un dígito. A quién se le ocurriría hoy dejar ir a un hijo de 17 a hacer dedo en las rutas??. Por aquel entonces recién salíamos de una tragedia que ni conocíamos ni hubiésemos entendido. Nada podía hacernos adivinar las futuras crisis por venir. Porque parece ser que en nuestro país todo renacer es sólo la carga de un resorte; un gatillo que descerrajará los próximos desastres, que llegarían para pegarnos en nuestra madurez.
Pero corramos la cortina, entremos al túnel, y veamos.

Las fotos muestran las osadías, algunas impudendas, de un batallón de la tercera extasiado en Pto. Pirámides. Mas allá del valor testimonial de las fotos y de los de innegables hechos ocurridos, y que hoy a la distancia provocan diversas impresiones, es fundamental rescatar el espíritu de aquel contexto, como única aproximación válida a aquellos hechos.
El escenario se construyó a principios de los ochenta, con el sueño aventurero de algunos avezados de la tercera. Una mezcla fortuita de ingredientes y antecedentes, como la convicción campamentera irreductible, y el optimismo mochilero a ultranza para salir a hacer dedo a los camiones. Agregando un poco del sueño hippie de imaginar que no hay fronteras, un poco de inconciencia, un poco de pureza adolescente. El sueño de un sol y de un mar y una vida generosa; la leyenda de las minas prometidas. La sed de Gloria, de pretender y conseguir viajar 18 chicos 1600 Km a dedo. Para completar la receta, hubo que entremezclar bien y dejar reposar, sin agitar. El resultado fue traumatizante.

Hay una palabra muy potente que representa bastante bien a aquel espíritu resultante, y esta palabra es DESPOJO. Pero despojo suena muy desagradable. Es como el fatídico “síganme que no los voy a defraudar”, esencialmente noble y bienintencionado pero luego corrompido, ultrajado y mancillado, que ahora necesita que lo recuperemos para el uso decente. Despojo provoca una primera impresión irritante, porque remite a nuestra herida abierta, la que nos dejó a todos en la lona. Pero el despojo puede ser también voluntario. Despojarse de prejuicios, despojarse de ataduras, de tapujos, despojarse del miedo. Despojarse de ropas, sí, pero también de gran parte de nuestros esquemas, para poder entregarse a un mundo nuevo.

En bolas como una travesura infantil, en bolas como los paisanos indios de San Martín. En bolas y sin billetera, sin reloj ni apuros, sin agenda ni compromisos, sin horario para las comidas ni el sueño. Sin preocupaciones vigentes ni pendientes. Sin mayores posesiones que un poco de ropa, la carpa y poca plata; tan sólo algo para comer, algo para abrigarse de noche, y las ocurrencias de los muchachos. Pero la ambición intacta de vivir intensamente cada momento.
Mi desembarco se produjo el 28 ó 29 de Diciembre de 1982 en Playa Unión, Rawson, Chubut.

La primera impresión fue increíblemente intensa, como el naranja de las carpas playeras del ACA que encandilaba mis retinas. O como la brisa marina que empujaba en los pulmones. Como esa inexplicable, insistente y original felicidad que surgía naturalmente. La primera constancia, por primera vez en la vida, de que la felicidad no tiene gusto a vértigo, sino a paz.
Todos mas tarde o mas temprano caímos hermanados en una embriaguez paradisíaca, en un trance emocional que no necesitaba de drogas ni de alcohol para alimentarse.
Demasiado intenso para que alguno no lo notara, demasiado real para ser espejismo. Demasiado noble para ser una frivolidad.

Recuerdo especialmente una insólita lluvia de verano que en 20 minutos copiosos y sostenidos inundó el camping de Pto. Pirámides. Y ver florecer luego de la lluvia la hermandad espontánea e instintiva, más aún que la solidaridad, que es un acto racional. Compartir el resguardo de un alero con desconocidos. Ver como se diluye el desconocimiento y el recelo hacia el otro frente a la necesidad de acercarse. Ofrendar abiertamente víveres, pertenencias o la simple presencia para mitigar la incomodidad o padecimiento del otro. La felicidad de sentirse libre, de no ser poseído por ninguna propiedad. La libertad de elegir identificarse con y pertenecer a eso. Pasear sereno en patas, de carpa en carpa, de gente en gente.

Gozar…, es tan parecido al amor.Y los goces fueron colectivos, repetidos e inolvidables, como en una congregación. Y esa referencia vaga que puede significar “Sur”, fue para nosotros el templo.
Se puede argumentar que a los 17 aun no construíamos las barreras que nos distancian del otro. Y que esa vida no era sustentable. Y que la lozanía no es eterna. Pero tiene que haber habido algo más, algo que explique la posterior obsesión generalizada, la adicción a esos recuerdos, de querer volver, querer volver a estar, querer poder repetir.
Para mi fue durante años posteriores la amenaza de un fantasma furtivo que me atacaba, siempre de noche, para desvelarme con las veleidades de la nostalgia. Y me extorsionaba con las palpitaciones y la sangre caliente del sentirse vivo. Y me alentaba a romper con todo, quemar las naves y jugarme la vida a la búsqueda de aquello…., sin llegar nunca a saber exactamente qué.

Nunca terminé de convencerme, y quedaría la eterna duda de si había una oportunidad, como una puerta entreabierta, hacia otra alternativa u opción de vida. La sospecha de otras recetas para la existencia y la convivencia, como una asignatura pendiente.
Tal vez habría que consultarlo con alguno de aquellos que luego a los 20 tomaron la decisión de irse a otro lugar….
Con el tiempo descubrí también la profecía escalofriante escondida en aquella canción de Rogelio que, justamente, tanto solía escuchar:

“Cuando era chico
Tuve una visión fugaz
Justo en el borde del ojo
Volteé para ver
Pero se había ido
Y ya no puedo descubrir que era
El niño ha crecido
El sueño se ha ido
Y me he vuelto….
Confortablemente adormecido……”
Ya no recuerdo como se sentía, pero se que ocurrió. Un resplandor remanente cada vez mas lejano. Quemado a fuego en en algún lugar del mi mente. Las mas preciadas imágenes de aquel tiempo, en un lugar preferencial junto a todas las otras postales de nuestro turno para la adolescencia. Volverán como diapositivas fugaces en el flujo veloz de imágenes del instante fatal. O como el sueño con leones marinos del viejo y el mar. O tal vez el destino me depare una sorpresa, y me reencuentre con aquellas emociones, aún lejos de aquel Sur que conocí con y gracias a mis compañeros de la Tercera. Tal vez encuentre otra forma de vida, como Rolando Hanglin. Pero prometo en tal caso no mostrar nunca las fotos.

Pablo Villar, 41 años.
Ex – alumno IPS tercera división promoción ‘82
Casado con hijos
Ingeniero, vivo y trabajo en Buenos Aires
Desde 1984, nunca mas volví al Sur.